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Qué vacío encuentro en mí, 

como la casa en mudanza

cuando el eco de la vida

abandona la estancia.


Aflora polvo en rincones

tras retirar los recuerdos:

muebles, cuadros, viejas voces

que habitaron nuestros tiempos.


Qué inmensa zozobra siento,

tanta que perdí el sosiego,

como pierde luz el mundo

cuando la pierde el ciego.


Y mientras dentro se hunde

mi silencio más profundo,

afuera el dolor estalla

quebrando la piel del mundo.


Niños bajo los escombros,

 madres en el suelo muertas,

 y algún vivo que aún respira

con la esperanza desierta.


Llora sin hallar consuelo

ante el horror desatado,

viendo a sus hijos inertes

 por la violencia arrancados.


Donde hubo hospitales blancos

 y escuelas llenas de risas,

las bombas sembraron ruinas

 y una geografía de cenizas.


Donde casas con vida había

 y la luz cruzaba los ventanas,

 las bombas las mutilaron,

como quien desgarra el alma.


Genocidio e impunidad,

fuerza bruta y barbarie

de quienes hablan de paz,

mientras con la guerra matan.


Y queda la voz del hombre,

 frágil, temblando en la nada,

para decirle a la historia

 que la verdad no se calla.

HERTOR

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